Cultivo

El Peyotl, la planta que provoca maravillosas alucinaciones visuales

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La historia del “peyotl” podría figurar, de seguro, entre los cuentos de las Mil y una noches. Recientemente, las experiencias de un sabio farmacólogo francés, M. Alexandre Rouhier, han atraído, de nuevo, la atención del mundo sobre las altas regiones desérticas de la meseta central mejicana y sobre las riberas de Pío Grande del Norte (Texas), los lugares donde crece el “Peyotl”.

El sabio moderno no ha hecho, con sus estudios, sino avalar lo que los pobladores precolombinos habían ya experimentado: las alucinaciones visuales extraordinarias que procuraba la ingestión de la planta maravillosa que ellos consideraban, por esto, como emanación de la divinidad, y, a la que rendían culto, con curiosas ceremonias rituales que han llegado hasta nuestros días.

Todavía hoy, los indios “huichols”, cuyas costumbres ancestrales no ha podido modificar la civilización parten, revestidos de extraños disfraces, con el rostro barnizado de pinturas simbólicas, a la recolección de la planta divina. ¡Van a buscar el enervante “Hicuri” (nombre indio del “Peyotl”) a Saltillo, a Mapimí y hasta la Sierra Madre occidental, cerca de cuatrocientos kilómetros al Este de Nayarit!

En medio de las estepas, áridas y rocosas, en medio de esta vegetación hostil, de estos árboles gigantescos, de estas mimosas plagadas de espinas, el pobre “peyotlero” se ve y se desea para descubrir alguno de estos “equinicactus”, de cabeza redonda, que los grandes vientos de diciembre y los impetuosos aguaceros de julio han desfigurado. Pero, su ojo diestro, acabará por distinguirlos. Entonces, seccionará la cabeza, horizontalmente, por encima del cuello, con ayuda de un machete y un cuchillo, después, la partirá en rajas, verdes y jugosas, que pondrá a sacar bajo los cálidos efluvios solares. Y, por último, lo venderá a los proveedores de los drogueros americanos.

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Diversos químicos, han logrado extraer, de esta planta, alcaloides diversos, bautizados con los nombres de “mescalina”, “anhalamina”, “anhmalonidina”, “peyotlina”, “anhalonina” y “lofoforina”. Cada uno de ellos, ingerido, separadamente, por vía bucal, posee acciones fisiológicas y psicológicas particulares.

La intoxicación “peyotlítica” tiene dos fases bien distintas. En la primera, después de una sobreexcitación general, sucede, al cabo de tres o cuatro horas, un estado sedante, lleno de visiones coloreadas extraordinarias, de fenómenos de intermisión sensorial: audición coloreada, autoscopia, desdoblamiento de la personalidad, repeticiones de objetos, curiosos errores de apreciación… No provoca ni una exaltación potente como el “haschish”, ni una exteriorización ardorosa como el alcohol.

Determina, primero, una excitación de las facultades físicas y, a veces, intelectuales. La pupila se dilata y, durante veinticuatro horas, la sensibilidad del ojo a la luz, y también la agudeza de la percepción visual, se acrecen considerablemente. Se intensifica el relieve de los objetos, se modifican los colores y sus relaciones. En el momento culminante del éxtasis, el “peyotlinado”, colocado en la oscuridad y con los ojos cerrados, experimenta sensaciones visuales exquisitas, en las que, algunos detalles, tienen un tinte tan sorprendente, una belleza tan grande, que le arranca frecuentes gritos de admiración. M. Rouhier dice: “los colores de estas visiones, son inolvidables. No podría expresarse su intensidad, su suntuosidad, su magnificencia”. Y, Weir Mitchel, confiesa que es impotente para “pintar este espectáculo encantado en un lenguaje que pueda dar alguna idea a los demás hombres, de su belleza y su esplendor”.

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